jueves, 27 de octubre de 2011

Proyecto Sophía, día 20. 11 de julio de 2011

Es el penúltimo día de mi estancia aquí, bajo éstas circunstancias.

En estos últimos días mi cansancio ha aumentado, mezcla de las pequeñas tensiones y nuevas experiencias y sobre todo de mi nuevo régimen alimenticio.

Y es que es necedad que mi complexión se mantenga dentro de los límites que el cliché requiere, el que se establece para las mujeres que pretenden ser validadas a partir del planteamiento estético de lo delgado.
Las bombas diarias que aparecen en la televisión, revistas y demás medios publicitarios son tan raspados al mismo tiempo que persistentes: “mantente delgado”. Haciendo ejercicio, comprando el nuevo aparato, o atendiendo al letrero que vi en la calle hace poco: “¡baja de peso sin dieta ni ejercicio!” (O sea, ¿no comas?).

Decidí auto recetarme como lo hacen muchas personas y hacerle caso a la publicidad de la muy estilizada letra “K especial”, dedicándome a desayunar y cenar cereal, con las respectivas comidas.
El resultado: cansancio, dificultad para levantarme por las mañanas y pérdida de concentración.

Mantenerse estable en el rango de las preferencias estéticas sigue siendo una exigencia actual, pero disfrazada con frases como “es más saludable” o con dramáticos comerciales donde un pequeño niño con obesidad sufre de un coma diabético y sus padres dice “sálvelo doctor, sólo tiene 11 años” o algo similar.

Apenas se prende la televisión los complejos de culpa se fortalecen con pares de imágenes contrarios: primero el comercial de la nueva fragancia, con un par de modelos semidesnudos de cuerpos esculturales y en seguida la publicidad de la pecaminosa hamburguesa gigante con la carne aún burbujeante de aceites (¿el resultado esperado de tanto bombardeo es acaso una persona obesa y perfumada?)

Tres semanas y 2.5 kilos menos después han permitido que mi cuerpo cansado luzca perfecto en el pequeño vestido amarillo.

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