jueves, 27 de octubre de 2011

Proyecto Sophía, día diecisiete. 8 de julio de 2011


Ya no hay nada en el refrigerador o en la alacena que se pueda combinar para una comida decente, por lo que es momento de ir al supermercado.

Vestido rojo y tacones azules.

No, mejor repito atuendo (da igual, a donde voy nadie me ha visto así (ya sé lo mismo has dicho varias veces)). Jeans y blusa verde, pero para darle un toque diferente unas justas botas beige (justas porque a duras penas entra mi pie), tacón pequeño, lo suficientemente cómodo para cargar las bolsas.

Mi hermana me acompaña.

He notado un extraño efecto en las personas que están a mí alrededor, mujeres sobre todo, pero hablaré de ello después. (Y es que mi hermana suele preocuparse y prepararse "aparentemente" por horas cuando saldrá a la calle a ver a sus amigos o al ir a la escuela, pero no demasiado cuando va al "mandado". Un poco raro que ésta vez lo haga.)

Llegamos y hay que ir al cajero automático para retirar y hacer las compras. Introduzco la tarjeta y el bendito cajero decide tragársela y no devolverla, argumentando que está caduca y es necesario reponerla.
Debo entrar al banco y averiguar con alguien, pero tengo un pequeño problema.

Toda la vida Josué ha sido vulnerable a sentirse culpable cuando no tendría por qué (me contó que en la primaria, cuando a otro compañero se le "perdía" algo en el salón y la maestra preguntaba quién lo tenía, el entraba en pánico y temía que ese algo apareciera en su mochila sin haber visto siquiera el objeto perdido. O siente la tensión al estar en un sitio en el que la forma de actuar corporalmente puede prestarse a malos entendidos; el banco es uno de esos.) Y me lo ha contagiado un poco.

Entro al banco y de inmediato las miradas de las personas, fastidiadas por esperar en la fila, antes ocupados con el monitor sobre a las cajas que les indicaba lo que el destino les depara. No sé qué hacer y decido esperar a que una señorita termine sus preguntas al fondo del lugar. Comienzo a sudar (siento que el vigilante del circuito de video me detecta y presta atención especial, capturando mi imagen en una borrosa fotografía por si acaso me dispongo a cometer un atraco. Hoy en día todo es posible y hay que sospechar de toda apariencia extraña), saco de mi bolsa un pañuelo desechable, asegurándome de que sea obvio lo que es, para secar mis mejillas.

Por fin es mi turno de preguntar. Obtengo la respuesta amablemente por la señorita del escritorio y me dirijo a las filas de espera. En ella un sujeto me ve de frente, sin preocuparse por nada más que su necesidad de descifrar mi apariencia, fijo, lo enfrento con la mirada y se voltea, pero retorna al minuto, ésta vez mi mirada no funciona y se endereza hasta que lo logra (o se aburre).

Ventanilla tres, identificación oficial de mi hermana, un firma y está listo. Cajero, "retire el efectivo" y a la tienda.

Con el carrito en las manos y al frente comienzo a caminar con dificultad. Dicen que es bueno ponerse en los zapatos de los demás de vez en cuando, pero no lo es caminar literalmente en los zapatos de alguien quien además calza un punto menos. (Todo sea por el glamour).

Leche deslactosada light (marca alternativa que además etiqueta pañales y herramientas (¿es eso confiable?), queso panela (de la doble nota musical que está en boca de todos), jamón de pavo (del que hace sonreír y cantar a los niños), cereal (del tigre que hacer ejercicio), pan de caja (del oso blanco que habla) y muchas otras etiquetas entran de apoco en la canasta con ruedas.

Es imposible salir de la trampa que nos tienden los amigables personajes y las bondades de los alimentos, albergados al mismo tiempo por una señora en traje de luchador que golpea símbolos amarillos, por un hombre calvo que cada año encuentra la forma de deshacerse de lo viejo y por una cara feliz amarilla con manos que cambia los precios (que seguro no es retrato de su trabajadores).

Para mi es el lugar perfecto para ser, un producto entre productos, la diferencia es que mi estantería es un poco más grande y no necesito un eslogan escrito para venderme (el mío es visual).

No soporto más las botas.

Ya en la fila es momento de pagar. "¿encontró lo que buscaba?" sí, y supongo que su empresa también (bip, bip, bip, bip). Bolsas plásticas que prometen bio-degradarse pronto albergan a las marcas que nos alimentarán.

Camino con gran parte del peso tirando de mis brazos y eso se vuelve una tortura, las tres cuadras más dolorosas para mis pies en la historia de la humanidad. Por fin llego donde mi amiga Álvarez a comer sushi y actualizar información. Para mi tropical.

Es hora de volver a casa.

Saldo final: la alacena llena (gracias a Dios) y los dedos de los pies con una capa de piel menos.

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