jueves, 27 de octubre de 2011

Proyecto Sophía, día diecinueve. 10 de julio de 2011

Domingo y Chabelo aparece en la televisión programada para despertarnos (¿cuántos años más logrará mantener la imagen de niño eterno y convencer a los niños reales?)

Hora de levantarse, tomar el tiempo suficiente para que ésta vez la prisa no gane.

Estoy nerviosa pues no sé lo que pasará.

Josué no terminó mi atuendo, por lo que acudiré al closet de mi madre. Encuentro en el un pequeño vestido que a ella le cubren las rodillas (a mi no), tejido por ella en tiempo record con estambre blanco. Un rebozo para cubrir mis hombros en el momento adecuado de la ceremonia que mientras colocaré en la cintura y por último la bolsa que diseñara Josué.

Me duele el estómago un poco pero hay que desayunar algo ligero (dieta...): cereal del tigre con leche viendo al niño mago en la tele.

Hora de partir y mi hermano tiene trabajo qué hacer, mi madre no está en la ciudad y de nuevo mi hermana me acompaña (tampoco es común que use vestidos y hoy lo hace, para ir a misa después de mucho tiempo).

Llegamos al templo expiatorio (inconcluso desde que se puede recordar) y bajamos del taxi cuyo chofer ofrece una última mirada lujuriosa a mis piernas. Esperamos un poco en el atrio para esperar a los invitados. Pocos llegan.


Una señora se acerca y entro en pánico interno, ve mi vestido y mis piernas y ya casi sé lo que me dirá. "déjame ver tu vestido, qué bonito, ¿tú lo hiciste?" "no, mi mamá",

me tranquilicé pensé sería algo más. "muy bonito, cuídalo mucho" y dirigió sus pasos a la salida (¡uff!).


Momento de entrar. La ceremonia ya había comenzado y nos dirigimos al lugar más cercano al altar que pudiéramos encontrar.

En el nombre del padre...

La gente me ve, pero no hace nada, no les queda más que ver. El evangelio habla sobre la palabra de Dios como semilla y el cómo hay diferentes resultados en sus frutos. "algunas semillas caen en el camino, y entonces llegan los pájaros y se las comen..." (El diablo nos arrebata la oportunidad de dar frutos explicó el padre en el sermón) "El que tiene ojos que vea y el que tiene oídos que oiga" De eso se trata todo, de percibir y actuar (coincide la palabra con uno de mis objetivos si nos ponemos a pensarlo), pero varias personas decidieron hacer caso omiso y dormirse un poco (pude contar 5).

El hombre de la túnica verde que está en el altar principal se ha preparado por años para llegar al punto en que su apariencia cuente con un alza cuellos y un traje discreto con el cual poder surtir efecto en un gran sector social. No quiero que se mal interprete nada pero es cierto, apenas vemos venir a un padre o una monja a nuestro encuentro y hasta enderezamos la postura.

Escucho tanto como puedo, trato de analizar cada parte y tomar lo propio, al igual que los demás ahí (supongo) con los brazos cruzados si se está de pie, la cabeza gacha en otros tantos y las rodillas firmes en el piso cuando es momento (mostrarse humildes hacia el altar no es muy satisfactorio para muchos, que sacuden las rodillas apenas se levantan)


"La paz del señor esté con ustedes" es la señal para interactuar entre nosotros y reconocernos como hermanos, miembros de la iglesia. Momento para que las personas alrededor que no me conocían confirmen sus sospechas.

Momento de comulgar y comienza a formarse la fila por el centro del templo, la pequeña procesión (gracias Doris) que muestra cual pasarela a los fieles devotos que han cumplido con el protocolo de confesión y pureza necesarios. De alguna forma se muestran ante los demás que permanecen sentados, acaso no por ser pecadores si no por simplemente no cumplir con un requisito (Josué siempre toma de ejemplo a su madre, quien a pesar de todo es una buena persona, pero que no puede comulgar pues es divorciada legalmente, y felizmente casada de nuevo, lo que para la iglesia no es ejemplar, en lo absoluto. "Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" a menos que sea uno en el vaticano, con una considerable cantidad económica y los motivos por escrito (¿Fox, eres tú?)).

Me uno a la pasarela con el rebozo que estuvo en la cintura ahora sobre los hombros. Soy una mancha blanca que se acerca adoptando el paso ceremonioso de los demás, con las manos al centro y las piernas temblando. Primer escalón, segundo escalón, fotos, tercer escalón, flash de la cámara y llego al altar "El cuerpo de Cristo". Amén y consumo el pequeño pan, blanco también.


Doy la vuelta y hago la otra pasarela, a todo lo largo del pasillo central mostrándome digna (si ni el padre ni el misionero presentes hicieron un comentario negativo, ¿por qué el drama? quizá teniendo ojos, vieron...), sin detenerme y con la obvia mirada de la gente en las bancas. Seguro preguntándose "¿quién se cree?" al verme con un pie tras otro sobre tacones de corcho, justo al centro sin mirar atrás, con la cabeza abajo cubierta de cabello negro y la ostia disolviéndose en mi paladar.

Llego a mi sitio y me pongo de rodillas, aún con las miradas sobre mí.
Acabo de ser parte de la cumbre del rito, validada como miembro de la iglesia. Respiro, canto y recibo la bendición.

Amén.


Salimos el templo y es momento de desayunar. Otra procesión, menos solemne, hacia el lugar.

Noto de nuevo la situación que apenas mencioné sobre mis amigas. En la medida de lo posible trato de usar vestidos y tacones, uno que otro accesorio y mi cabello impecable (ja!), al salir con mis amigas eso ha sido una especie de estímulo- competencia en el atuendo y el día de hoy es el caso. Iniciando con mi hermana, quien logró superar su fijación y usar el vestido sin mangas, Adriana, Claudia y Araceli también con vestido (coincidencia dirá alguna y "el la moda" dirá otra para no estar de acuerdo). Las mujeres suelen validarse entre sí mismas, muchas veces, por no decir la mayoría del tiempo. "Nosotras somos nuestro enemigo más grande", dicen por ahí.

La tarde continúa, temprana, comiendo quesadillas.


Después a casa de Araceli a seguir la reunión. Debí ir antes a casa para cambiar de atuendo pues el plan sería visitar a mi amiga Muluc y asistir a una marcha.

Ya de regreso con los amigos jugamos en la mesa y platicamos un rato más. Es el último día con ellos juntos y el cansancio de ellos y mío ya es notorio, entre bromas.


Luego la lluvia que alegra al mismo tiempo que arruina los planes nocturnos, una vez calmado hay que retirarse, despedirse de la familia Contreras López y emprender el camino.

Soy la última en irse pues los demás caminaron, yo no podía. Josué suele caminar por los sitios solitarios y oscuros que se atraviesan entre su casa y la de Araceli, pero yo no, mejor no correr riesgos.

El blvd. Está solitario y no pasa un taxi, cuando por fin lo hace el chofer decide no detenerse (no es muy seguro que una extraña mujer vestida toda de negro quiera subir a su auto.

Por fin uno se detiene y me da las buenas noches con una pretenciosa sonrisa en la cara, me ve las piernas y arranca (no es que sean muy atractivas, pero es una escala básica cuando los hombres consumen por los ojos). Intenta hacerme plática, con la misma sonrisa y respondo lo básico.

Afuera de mi casa me da el cambio y las buenas noches, sonriendo igual y repasándome por última vez.

A dormir.

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